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martes, 2 de marzo de 2010

Lectoras





















Una amable lectora me envía esta foto de la luna que, dice, ilustra mis teorías sobre la luz de la luna.

Por algún motivo, siempre he tenido más lectoras que lectores. Me gusta que así sea, pues todo el mundo sabe que el femenino es un sexo superior.

Hace unos años, bastantes, era incapaz de bromear con una mujer. Me costaba muchísimo hablarles. Entonces escribía más que ahora, seguramente porque escribía en papel. De mis historias siempre solían gustar mucho los diálogos: "Son muy frescos, muy reales". Y sin embargo, me era imposible trasladar esos diálogos a mis tímidas conversas con el sexo opuesto.

Años más tarde, vivir en Londres con tres mujeres durante seis meses me cambió definitivamente. Levantarse cada mañana era un amor: Anna saliendo del baño oliendo a jabón y con la toalla enrollada en el cuerpo, Amelie quejándose por llegar tarde, Laura bostezando en pijama preparando el desayuno. A veces, en noches de insomnio, Laura y Anna me contaban su sueño de abrir una escuela de cocina en la Toscana, y yo me imaginaba casado con las dos, en una harmonía perfecta con la naturaleza y con sus cuerpos.

Después me mudé de piso (todo lo bueno termina, o lo acabamos jodiendo, que viene a ser lo mismo). Conocí a Nabilah, una musulmana que se escandalizaba cuando le tocaba la mano o usaba su cuchillo para cortar el chorizo que me mandaba mi madre. Y también a Wuiwui, una periodista china afincada Malasia que despertó mi morbo por las periodistas. Y que no se escandalizaba cuando le tocaba la mano, y disfrutaba con el jabugo.

Y a partir de entonces, me hice adicto a hablar y reír con mujeres. Pocas cosas hay mejores. Me encanta que me mientan, que me digan la verdad, que se enfaden (sólo un poquito), que escojan películas horriblemente cursis para ver en casa con un porrito, que me lleven a ver una buena película al cine y se coman todas las palomitas.

Existe todavía algo innatural en la amistad con una mujer, y ese algo me atrapa. Ese algo despierta en mí una personalidad distinta, una máscara con la que me gusta jugar.

Por esto también me gusta que, de vez en cuando, una amable lectora me mande una foto para recordarme que las palabras no siempre se las lleva el viento de la noche.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Cuerpos marcados

Si tuviera que quedarme con algo en la vida, seguramente escogería el placer de descubrir un nuevo cuerpo.

Primero son las manos. Hay mujeres que siempre tendrán manos de niña, manos en las que cada dedo, con sus uñas blancas y redondas como gotas de leche, te recuerdan cuando jugabas a contarte verdades escondido en algún rincón del colegio con tu primer amor. Otras tienen manos de nervio, con los huesos en tensión. Parece que vayan a tocar a Rachmaninov en las teclas de la mesa en la que nunca relajan las manos mientras tomas la primera copa de la cita.

Las manos te llevan a los ojos, ese órgano que despierta la música del romanticismo. A mi me gusta bañarme en las pupilas, observar cómo se dilatan cuando están felices, un disco oscuro que parece que quiere ocupar todo el espacio y tragarte entero como un agujero negro. A veces los ojos brillan porque unas lágrimas necesitaban decir aquí estamos, y entonces se me rompe el cuerpo.

Si las lágrimas llegan a los labios, desearía beber a besos lentamente el líquido amargo. Y acercar mis dedos a la carne, pellizcar con ternura el labio inferior, y besar la frente y la nuca y las mejillas y sumergirme por tu boca hasta donde nacen las lenguas. Porque nunca se conoce del todo un cuerpo hasta que no se muerde, hasta que te suplica que no pares nunca.

Sentados en el sofá, me gusta descubrir bajo la camiseta el bello que se escapa como la hiedra. Y coger de nuevo tu mano, y dejar que marque el camino hacia la herida eterna.

De pequeño en el colegio me costaba subir las escaleras, y una compañera de clase siempre tomaba mi mano para ayudarme. Ahora también te pido ayuda, que me dejes coger tu mano, y subamos las escaleras del placer juntos desde este sofá que es cielo y es infierno.

Pero antes, los cuerpos deben desnudarse poco a poco, a lo largo de horas, días, a veces incluso semanas, sin necesidad de quitarse la ropa. Descubres un poco el pantalón, y me enseñas la cicatriz de una quemadura en el tobillo. Unas gotas de aceite saltaron de la sartén en un descuido, me dices, y marcaron tu piel como un cordero.

O quizás es un lunar gigante en la muñeca, peludo y algo asqueroso, que intentas disimular bajo la lana del jersey que compraste de rebajas en Zara. A veces el lunar se esconde en un hombro de dientes de leche, y parece que el equilibrio del universo depende de ese mínimo punto, y sitúas tu dedo encima, y sonríes, y todo lo demás no importa porque no tiene importancia.

Si tuviera que quedarme con algo en la vida, seguramente escogería el placer de descubrir un nuevo cuerpo. Adivinar las marcas que lo hacen único, las marcas que sólo la intimidad es capaz de tejer entre nosotros a lo largo de los días, de los años.

Ahora que estoy a punto de estar solo de nuevo, tengo miedo de haber olvidado ese placer, y solamente ser capaz de escribirlo.

domingo, 8 de julio de 2007

Teorías de cerveza

Ktur regresó de México con el pelo recogido y la intimidad dolorida. Nos sentamos a tomar una cerveza en Els Tres Tombs, el Deux Magots de Sant Antoni. Bellas mujeres pasaban ante nosotros incesantemente: muslos de helado de avellana, pechos de horchata, pasos rápidos, ciclistas intrépidas (qué hermosas, las mujeres, en una biclicleta). Inevitablemente, surgió el comentario: ¿de dónde salen, qué está sucediendo, que invasión macabra se está gestando?.

Me alivió comprobar que Ktur compartía mi preocupación. ¿Es algo que nos está suciendo a nosotros, o realmente las mujeres han embellecido de repente este verano, decididas a torturarnos dulcemente como ajenas a la entropía que sus pasos desbocan?

Se plantearon dos teorías. Por un lado, un servidor sostuvo que el turismo y la inmigración son los culpables de todo este descalabro carnal. Mujeres venidas de todos los rincones del planeta, dispuestas a empequeñecernos en nuestras sillas del Tres Tombs, a reducirnos a la calidad de monos en celo mientras el cerebro se nos llena de babas y plátanos eniestos, y todo lo que podemos hacer es regresar cabizbajos a casita, eunucos en un harén globalizado.

Ktur aplaudió la teoría, al tiempo que desarrollaba su propia tesis. En efecto, es un hecho objetivo e innegable que el mundo exterior ha cambiado: hay más mujeres. Pero todo buen filósofo sabe que el exterior no es más que un reflejo de nuestra percepción interior. A punto de cumplir los treinta, o con los treinta recién cumplidos, el abanico se nos abre de par en par. Hemos perdido el miedo. No nos asustan a sus veintitantos bien largos, y los treinta y poco son un objetivo plausible. Incluso algunos pervertidos se atreven con las adolescentes teenagers, y los veintipoco son presas fáciles.

Así pues, terminamos nuestras cervezas, y regresamos a casa. No sabría decir si contentos ante nuestra habilidad sociológica, o más bien aturdidos, pero lo cierto es que el calor de la habitación, paradójicamente, apaciguó mi caldera. No es bueno hacer el amor con este calor. Mejor otra cerveza, y el regreso de un amigo que nunca regresará demasiado tarde. Bienvenido a tu tierra, querido Ktur.