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lunes, 3 de septiembre de 2007

Re-encuentro

Hacía tiempo que no les hablaba desde esta ventanita. Es decir, hacía tiempo que no hablaba conmigo mismo, que no me sentaba a escribir con la calma y la paz requeridas. Todavía no estoy en paz, ni tampoco en calma, pero el olor a incienso que llega desde la habitación de landiman me predispone a intentarlo.

Hace unos días me traje a casa los álbumes de fotos de mi año en Berkeley y del posterior viaje por Europa. Mis amigos, tan cabrones como los pájaros de la Albada de Gil de Biedma, me dicen que se me ve muy jovencito en esas fotos. Tenía 23 años, y ahora 29. ¿Tanto se nota? Es verdad, tengo unos millones de pelo menos, y tres o cuatro tragedias a mis espaldas que ya no me permiten caminar con el alma completamente erguida.

En fin, landiman toca el saxo en su habitación, y a mí me gustaría ahora mismo hacer el amor con todos ustedes, pero ustedes no están y yo debería dormir. Poco a poco nos iremos viendo más a menudo.

lunes, 30 de octubre de 2006

Albada en la noche

Yo creo que la gente se complica demasiado la vida en búsqueda de la felicidad. La felicidad es simple: consiste en estar bien acompañado en todo momento. Disfrutar de los que te rodean, en su compañía y en su ausencia.

A veces, como ahora, hay que joderse y pensar que la felicidad no puede ser continua, que a veces se termina el hilo y hay que recoger un rato antes de poder soltar de nuevo el sedal.

En estos momentos de nostalgia, no hay que lamentarse. Tan sólo hay que pensar en una mujer hermosa, en lo bonitos que pueden ser unos ojos cuando miran desde tu rostro. En fin, te añoro, extraño tu calor en tu cuerpo y en otros cuerpos.

Pero fumo y leo, y me entretengo con poemas como éste. Porque algo debo de hacer, cariño, a mi que esto de trabajar no me alivia de nada.


Albada

Despiértate. La cama está más fría
y las sábanas sucias en el suelo.
Por los montantes de la galería
llega el amanecer,
con su color de abrigo de entretiempo
y liga de mujer.

Despiértate pensando vagamente
que el portero de noche os ha llamado.
Y escucha en el silencio: sucediéndose
hacia lo lejos, se oyen enronquecer
los tranvías que llevan al trabajo.
Es el amanecer.

Irán amontonándose las flores
cortadas, en los puestos de las Ramblas,
y silbarán los pájaros -cabrones-
desde los plátanos, mientras que ven volver
la negra humanidad que va a la cama
después de amanecer.

Acuérdate del cuarto en que has dormido.
Entierra la cabeza en las almohadas,
sintiendo aún la irritación y el frío
que da el amanecer
junto al cuerpo que tanto nos gustaba
en la noche de ayer,

y piensa en que debieses levantarte.
Piensa en la casa todavía oscura
donde entrarás para cambiar de traje,
y en la oficina, con sueño que vencer,
y en muchas otras cosas que se anuncian
desde el amanecer.

Aunque a tu lado escuches el susurro
de otra respiración. Aunque tú busques
el poco de calor entre sus muslos
medio dormido, que empieza a estremecer.
Aunque el amor no deje de ser dulce
hecho al amanecer.

-Junto al cuerpo que anoche me gustaba
tanto desnudo, déjame que encienda
la luz para besarte cara a cara,
en el amanecer.
Porque conozco el día que me espera,
y no por el placer.

Albada, Jaime Gil de Biedma