Dice landiman que no le gusta que en mi última entrada describa las lágrimas como amargas. "Las lágrimas son... saladas", me ha dicho. "Pero no son amargas".
Tiene razón, las lágrimas son saladas, y el adjetivo "amargas" tiene connotaciones demasiado manidas literariamente.
Entonces hemos hablado un ratito, y se me ha ocurrido que escribo este blog igual que toco la guitarra. Las "lágrimas amargas" de las que puedo hacer uso en tantos textos, son como las mismas frases de blues que repito hace tiempo. Lugares comunes, que sin embargo te hacen pasar un buen rato tocando, un buen rato escribiendo.
Las lágrimas son saladas, dice landiman, y algo extraño pasó cuando se creó este mundo para que mar y lágrima contengan el mismo elemento, añade.
Las lágrimas son saladas, y el caldito de tu cuerpo tiene un gusto metálico, adictivo. En eso sí que ha estado de acuerdo landiman.
Entonces he pensado que recuerdo mucho mejor el sabor de tu líquido más íntimo que el sabor de tus lágrimas.
Y me ha hecho feliz, porque eso significa que mi cerebro funciona. Que ya ha entendido que es mejor recordar las lágrimas de tu sexo que las lágrimas de tus ojos.
Y que ahora ya puedo olvidarte.
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viernes, 8 de enero de 2010
viernes, 28 de septiembre de 2007
Caldo con fideos

Tengo un litro de caldo en la nevera. Caldito de pollo, del bueno, que ahora pongo al fuego junto a unas verduras y un puñado de fideos Gallo. ¿Sienten el olorcito?
A mí el caldo de pollo con fideos me recuerda a Kiko Veneno.
Una mancha en la sabana
caldito de tu cuerpo
tu tienes el mismo agua
que me corre por dentro.
Y Kiko Veneno me transporta a una noche de verano en el Forum, y esa noche a un apagón de luces, y la oscuridad y la brisa me recuerdan a tus ojos, y tus ojos al mar, y el mar a una casa fría, y el frío a la nevera, y la nevera al caldo. Al caldo de pollo con fideos.
Buen provecho, mis amados lectores y lectoras.
domingo, 13 de mayo de 2007
Domingo 13
Ha empezado con el café y el croissant de rigor en el Bellapán por 1.30 euros. He ojeado el periódico del día anterior, he bajado Riera Alta hasta Rambla del Raval. Ya es temporada de verano, así que ha regresado el mercadillo de los fines de semana. Pocas cosas me gustan tanto como pasear por la Rambla el domingo y tomar un té con menta en la tiendecita mora.
He seguido caminando hasta metro Paral.lel, una de las estaciones con más vida de la linea 3, tanto por dentro como por fuera. Junto a mí, sentados en un banco esperando el tren, estaba una pareja joven discutiendo. Él se comportaba como muchos hombres con su pareja: la tratan como si fuera su madre, como si fueran su niño que necesita ser comprendido y tolerado en todo. Me repugna este tipo de comportamiento, aunque supongo que yo también debo comportarme así en ocasiones.
Él le recriminaba que el domingo estaba siendo aburrido. Ella contestaba paciente, intentaba consolarlo y hacerle ver las cosas de distinta manera. Entonces ha pasado una mujer de unos 25 años, absolutamente bella e imponente, caminando por el andén. La mujer se ha quedado mirándola mientras su marido proseguía con la letanía de argumentos infantiles. El tipo ni la ha visto, y he comprendido que la mujer ha sentido envidia, y también desdicha, por estar con un crío que ni siquiera sabía apreciar la sexualidad de un cuerpo pasando por su lado.
He comido con mi abuela: "hacía tiempo que no comía tan bien, abuela". "Siempre me dices lo mismo". Y es verdad, tiene razón mi abuela, siempre le digo lo mismo, pero es que es verdad. Todo lo que hace está tan bueno, y sienta tan bien. Mi abuela cocina mejor que nadie los platos de siempre: macarrones con carne, estofado con alcachofas y guisantes, brazo de gitano. Ella hace la nata del pastel, y los guisantes los compra frescos, y se pasa una hora para quitarlos de la cáscara, escogerlos y limpiarlos. Pero luego... luego cómo saben, qué gusto! Parecen mantequilla... y la nata, mmm.
"El día que no esté ya me encontraréis a faltar", me dice. Cómo lo sabes, abuela. Voy a perder uno de los placeres más grandes de mi vida, que es comer lo que cocinas. Y se supone que cuando alguien se muere, debes decir que echas a faltar su cariño, su compañía, su amor. El marido al que se le muere la esposa joven no se supone que deba decir "cómo echaré de menos hacer el amor contigo, los orgasmos que tenía con tu cuerpo".
Solemos suponer que los sentimientos siempre son más nobles que el placer, que todo lo intangible es superior a lo carnal. Y según Eduard Punset nos equivocamos. Mientras leía su columna en el suplemento semanal, he sabido que mi abuela lo trató de pequeño, cuando acudía a la tienda de mi abuelo para que le reparara la ropa rota. Mi abuelo hacía sillas para mulas, así que sabía coser. "Parecían gitanillos, los Punset, llegaron al pueblo y eran pobres". Y ahora yo leía a Punset en el periódico, y mi abuelo murió millonario, y mi abuela me lo contaba después de la excelente comida, tomando un cafetito los dos solos, que nos entendemos perfectamente, quizás mejor que con los parientes que hay de por medio.
Y luego el tren de vuelta, y las fotos impresionantes de Marilyn en El Pais. Después, he hablado casi una hora y media con mi hermana por teléfono. Me hubiera gustado que no viva tan lejos, que estuviera aquí en Barcelona, y pudiéramos estar charlando en una terraza, con una cervecita, y luego hubiéramos cenado en casa y para no estar sola se hubiera quedado a dormir. Pero hemos hablado, y al fin y al cabo eso es lo que cuenta.
Ahora voy a cenar, y luego una partidita de ajedrez con landiman. Un abrazo muy fuerte, hermanita, ya verás como poco a poco aprenderás a ver lo bueno del mundo, y seguirán pasándote cosas jodidas, pero te alegrará tu capacidad para superarlas y seguir apostando por la felicidad. Piensa en el final de Manhattan: siempre estará la trompeta y la voz de Louis Armstrong (que sonaba en la habitación de landiman cuando he llegado), y unos ojos que te miran, y los hermanos Marx, y el gol de Messi... y bueno, los macarrones de la abuela se terminarán algún día, pero entonces, entonces aprenderemos a hacerlos, y nuestra abuela seguirá estando, por lo tanto, entre nosotros.
He seguido caminando hasta metro Paral.lel, una de las estaciones con más vida de la linea 3, tanto por dentro como por fuera. Junto a mí, sentados en un banco esperando el tren, estaba una pareja joven discutiendo. Él se comportaba como muchos hombres con su pareja: la tratan como si fuera su madre, como si fueran su niño que necesita ser comprendido y tolerado en todo. Me repugna este tipo de comportamiento, aunque supongo que yo también debo comportarme así en ocasiones.
Él le recriminaba que el domingo estaba siendo aburrido. Ella contestaba paciente, intentaba consolarlo y hacerle ver las cosas de distinta manera. Entonces ha pasado una mujer de unos 25 años, absolutamente bella e imponente, caminando por el andén. La mujer se ha quedado mirándola mientras su marido proseguía con la letanía de argumentos infantiles. El tipo ni la ha visto, y he comprendido que la mujer ha sentido envidia, y también desdicha, por estar con un crío que ni siquiera sabía apreciar la sexualidad de un cuerpo pasando por su lado.
He comido con mi abuela: "hacía tiempo que no comía tan bien, abuela". "Siempre me dices lo mismo". Y es verdad, tiene razón mi abuela, siempre le digo lo mismo, pero es que es verdad. Todo lo que hace está tan bueno, y sienta tan bien. Mi abuela cocina mejor que nadie los platos de siempre: macarrones con carne, estofado con alcachofas y guisantes, brazo de gitano. Ella hace la nata del pastel, y los guisantes los compra frescos, y se pasa una hora para quitarlos de la cáscara, escogerlos y limpiarlos. Pero luego... luego cómo saben, qué gusto! Parecen mantequilla... y la nata, mmm.
"El día que no esté ya me encontraréis a faltar", me dice. Cómo lo sabes, abuela. Voy a perder uno de los placeres más grandes de mi vida, que es comer lo que cocinas. Y se supone que cuando alguien se muere, debes decir que echas a faltar su cariño, su compañía, su amor. El marido al que se le muere la esposa joven no se supone que deba decir "cómo echaré de menos hacer el amor contigo, los orgasmos que tenía con tu cuerpo".
Solemos suponer que los sentimientos siempre son más nobles que el placer, que todo lo intangible es superior a lo carnal. Y según Eduard Punset nos equivocamos. Mientras leía su columna en el suplemento semanal, he sabido que mi abuela lo trató de pequeño, cuando acudía a la tienda de mi abuelo para que le reparara la ropa rota. Mi abuelo hacía sillas para mulas, así que sabía coser. "Parecían gitanillos, los Punset, llegaron al pueblo y eran pobres". Y ahora yo leía a Punset en el periódico, y mi abuelo murió millonario, y mi abuela me lo contaba después de la excelente comida, tomando un cafetito los dos solos, que nos entendemos perfectamente, quizás mejor que con los parientes que hay de por medio.
Y luego el tren de vuelta, y las fotos impresionantes de Marilyn en El Pais. Después, he hablado casi una hora y media con mi hermana por teléfono. Me hubiera gustado que no viva tan lejos, que estuviera aquí en Barcelona, y pudiéramos estar charlando en una terraza, con una cervecita, y luego hubiéramos cenado en casa y para no estar sola se hubiera quedado a dormir. Pero hemos hablado, y al fin y al cabo eso es lo que cuenta.
Ahora voy a cenar, y luego una partidita de ajedrez con landiman. Un abrazo muy fuerte, hermanita, ya verás como poco a poco aprenderás a ver lo bueno del mundo, y seguirán pasándote cosas jodidas, pero te alegrará tu capacidad para superarlas y seguir apostando por la felicidad. Piensa en el final de Manhattan: siempre estará la trompeta y la voz de Louis Armstrong (que sonaba en la habitación de landiman cuando he llegado), y unos ojos que te miran, y los hermanos Marx, y el gol de Messi... y bueno, los macarrones de la abuela se terminarán algún día, pero entonces, entonces aprenderemos a hacerlos, y nuestra abuela seguirá estando, por lo tanto, entre nosotros.
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