Una amable lectora me envía esta foto de la luna que, dice, ilustra
mis teorías sobre la luz de la luna.
Por algún motivo, siempre he tenido más lectoras que lectores. Me gusta que así sea, pues todo el mundo sabe que el femenino es un sexo superior.
Hace unos años, bastantes, era incapaz de bromear con una mujer. Me costaba muchísimo hablarles. Entonces escribía más que ahora, seguramente porque escribía en papel. De mis historias siempre solían gustar mucho los diálogos: "Son muy frescos, muy reales". Y sin embargo, me era imposible trasladar esos diálogos a mis tímidas conversas con el sexo opuesto.
Años más tarde, vivir en Londres con tres mujeres durante seis meses me cambió definitivamente. Levantarse cada mañana era un amor: Anna saliendo del baño oliendo a jabón y con la toalla enrollada en el cuerpo, Amelie quejándose por llegar tarde, Laura bostezando en pijama preparando el desayuno. A veces, en noches de insomnio, Laura y Anna me contaban su sueño de abrir una escuela de cocina en la Toscana, y yo me imaginaba casado con las dos, en una harmonía perfecta con la naturaleza y con sus cuerpos.
Después me mudé de piso (todo lo bueno termina, o lo acabamos jodiendo, que viene a ser lo mismo). Conocí a Nabilah, una musulmana que se escandalizaba cuando le tocaba la mano o usaba su cuchillo para cortar el chorizo que me mandaba mi madre. Y también a Wuiwui, una periodista china afincada Malasia que despertó mi morbo por las periodistas. Y que no se escandalizaba cuando le tocaba la mano, y disfrutaba con el jabugo.
Y a partir de entonces, me hice adicto a hablar y reír con mujeres. Pocas cosas hay mejores. Me encanta que me mientan, que me digan la verdad, que se enfaden (sólo un poquito), que escojan películas horriblemente cursis para ver en casa con un porrito, que me lleven a ver una buena película al cine y se coman todas las palomitas.
Existe todavía algo innatural en la amistad con una mujer, y ese algo me atrapa. Ese algo despierta en mí una personalidad distinta, una máscara con la que me gusta jugar.
Por esto también me gusta que, de vez en cuando, una amable lectora me mande una foto para recordarme que las palabras no siempre se las lleva el viento de la noche.