Dice landiman que no le gusta que en mi última entrada describa las lágrimas como amargas. "Las lágrimas son... saladas", me ha dicho. "Pero no son amargas".
Tiene razón, las lágrimas son saladas, y el adjetivo "amargas" tiene connotaciones demasiado manidas literariamente.
Entonces hemos hablado un ratito, y se me ha ocurrido que escribo este blog igual que toco la guitarra. Las "lágrimas amargas" de las que puedo hacer uso en tantos textos, son como las mismas frases de blues que repito hace tiempo. Lugares comunes, que sin embargo te hacen pasar un buen rato tocando, un buen rato escribiendo.
Las lágrimas son saladas, dice landiman, y algo extraño pasó cuando se creó este mundo para que mar y lágrima contengan el mismo elemento, añade.
Las lágrimas son saladas, y el caldito de tu cuerpo tiene un gusto metálico, adictivo. En eso sí que ha estado de acuerdo landiman.
Entonces he pensado que recuerdo mucho mejor el sabor de tu líquido más íntimo que el sabor de tus lágrimas.
Y me ha hecho feliz, porque eso significa que mi cerebro funciona. Que ya ha entendido que es mejor recordar las lágrimas de tu sexo que las lágrimas de tus ojos.
Y que ahora ya puedo olvidarte.
Mostrando entradas con la etiqueta sexo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sexo. Mostrar todas las entradas
viernes, 8 de enero de 2010
domingo, 20 de diciembre de 2009
Cuerpos marcados
Si tuviera que quedarme con algo en la vida, seguramente escogería el placer de descubrir un nuevo cuerpo.
Primero son las manos. Hay mujeres que siempre tendrán manos de niña, manos en las que cada dedo, con sus uñas blancas y redondas como gotas de leche, te recuerdan cuando jugabas a contarte verdades escondido en algún rincón del colegio con tu primer amor. Otras tienen manos de nervio, con los huesos en tensión. Parece que vayan a tocar a Rachmaninov en las teclas de la mesa en la que nunca relajan las manos mientras tomas la primera copa de la cita.
Las manos te llevan a los ojos, ese órgano que despierta la música del romanticismo. A mi me gusta bañarme en las pupilas, observar cómo se dilatan cuando están felices, un disco oscuro que parece que quiere ocupar todo el espacio y tragarte entero como un agujero negro. A veces los ojos brillan porque unas lágrimas necesitaban decir aquí estamos, y entonces se me rompe el cuerpo.
Si las lágrimas llegan a los labios, desearía beber a besos lentamente el líquido amargo. Y acercar mis dedos a la carne, pellizcar con ternura el labio inferior, y besar la frente y la nuca y las mejillas y sumergirme por tu boca hasta donde nacen las lenguas. Porque nunca se conoce del todo un cuerpo hasta que no se muerde, hasta que te suplica que no pares nunca.
Sentados en el sofá, me gusta descubrir bajo la camiseta el bello que se escapa como la hiedra. Y coger de nuevo tu mano, y dejar que marque el camino hacia la herida eterna.
De pequeño en el colegio me costaba subir las escaleras, y una compañera de clase siempre tomaba mi mano para ayudarme. Ahora también te pido ayuda, que me dejes coger tu mano, y subamos las escaleras del placer juntos desde este sofá que es cielo y es infierno.
Pero antes, los cuerpos deben desnudarse poco a poco, a lo largo de horas, días, a veces incluso semanas, sin necesidad de quitarse la ropa. Descubres un poco el pantalón, y me enseñas la cicatriz de una quemadura en el tobillo. Unas gotas de aceite saltaron de la sartén en un descuido, me dices, y marcaron tu piel como un cordero.
O quizás es un lunar gigante en la muñeca, peludo y algo asqueroso, que intentas disimular bajo la lana del jersey que compraste de rebajas en Zara. A veces el lunar se esconde en un hombro de dientes de leche, y parece que el equilibrio del universo depende de ese mínimo punto, y sitúas tu dedo encima, y sonríes, y todo lo demás no importa porque no tiene importancia.
Si tuviera que quedarme con algo en la vida, seguramente escogería el placer de descubrir un nuevo cuerpo. Adivinar las marcas que lo hacen único, las marcas que sólo la intimidad es capaz de tejer entre nosotros a lo largo de los días, de los años.
Ahora que estoy a punto de estar solo de nuevo, tengo miedo de haber olvidado ese placer, y solamente ser capaz de escribirlo.
Primero son las manos. Hay mujeres que siempre tendrán manos de niña, manos en las que cada dedo, con sus uñas blancas y redondas como gotas de leche, te recuerdan cuando jugabas a contarte verdades escondido en algún rincón del colegio con tu primer amor. Otras tienen manos de nervio, con los huesos en tensión. Parece que vayan a tocar a Rachmaninov en las teclas de la mesa en la que nunca relajan las manos mientras tomas la primera copa de la cita.
Las manos te llevan a los ojos, ese órgano que despierta la música del romanticismo. A mi me gusta bañarme en las pupilas, observar cómo se dilatan cuando están felices, un disco oscuro que parece que quiere ocupar todo el espacio y tragarte entero como un agujero negro. A veces los ojos brillan porque unas lágrimas necesitaban decir aquí estamos, y entonces se me rompe el cuerpo.
Si las lágrimas llegan a los labios, desearía beber a besos lentamente el líquido amargo. Y acercar mis dedos a la carne, pellizcar con ternura el labio inferior, y besar la frente y la nuca y las mejillas y sumergirme por tu boca hasta donde nacen las lenguas. Porque nunca se conoce del todo un cuerpo hasta que no se muerde, hasta que te suplica que no pares nunca.
Sentados en el sofá, me gusta descubrir bajo la camiseta el bello que se escapa como la hiedra. Y coger de nuevo tu mano, y dejar que marque el camino hacia la herida eterna.
De pequeño en el colegio me costaba subir las escaleras, y una compañera de clase siempre tomaba mi mano para ayudarme. Ahora también te pido ayuda, que me dejes coger tu mano, y subamos las escaleras del placer juntos desde este sofá que es cielo y es infierno.
Pero antes, los cuerpos deben desnudarse poco a poco, a lo largo de horas, días, a veces incluso semanas, sin necesidad de quitarse la ropa. Descubres un poco el pantalón, y me enseñas la cicatriz de una quemadura en el tobillo. Unas gotas de aceite saltaron de la sartén en un descuido, me dices, y marcaron tu piel como un cordero.
O quizás es un lunar gigante en la muñeca, peludo y algo asqueroso, que intentas disimular bajo la lana del jersey que compraste de rebajas en Zara. A veces el lunar se esconde en un hombro de dientes de leche, y parece que el equilibrio del universo depende de ese mínimo punto, y sitúas tu dedo encima, y sonríes, y todo lo demás no importa porque no tiene importancia.
Si tuviera que quedarme con algo en la vida, seguramente escogería el placer de descubrir un nuevo cuerpo. Adivinar las marcas que lo hacen único, las marcas que sólo la intimidad es capaz de tejer entre nosotros a lo largo de los días, de los años.
Ahora que estoy a punto de estar solo de nuevo, tengo miedo de haber olvidado ese placer, y solamente ser capaz de escribirlo.
martes, 19 de junio de 2007
Chuparse el dedo

Mariana, la eterna, escribe sobre dedos y labios.
¿Ustedes se chupan los dedos? ¿Lo hacían, de pequeños?
A mí me llegó a salir un callo en el dedo pulgar de tanto chupármelo, hace ya bastantes años.
Más recientemente, he pasado a chupar muy de vez en cuando mi dedo índice, por motivos que ustedes, lectores adultos y expertos en las técnicas básicas del sexo no coital, sabrán entender.
A veces, incluso llegamos al anular.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)